Detrás de las comunicaciones enemigas: la historia de la profesora de inglés de Comodoro que estuvo cautiva durante la Guerra de Malvinas

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En abril de 1982, Comodoro Rivadavia estaba convulsionada. La Guerra de Malvinas había estallado y la ciudad se había convertido en una base estratégica para operaciones militares y un punto de interés para periodistas nacionales e internacionales. Fue en ese contexto que Lidia Gardella de Robert, reconocida profesora de inglés de la ciudad, vivió una experiencia tan extraordinaria como desconcertante: la policía llegó a su casa sin previo aviso y la llevó para colaborar en una misión secreta en medio del conflicto bélico.

Lidia Gardella de Robert nunca imaginó que su profesión como profesora de inglés podía transformarse en una misión de alto riesgo durante la Guerra de Malvinas. “Estaba almorzando con mi familia cuando sonó el timbre; la empleada me dijo: ‘Señora, está la policía en la puerta. Preguntan por usted’”, recuerda Lidia. “Me dijeron que no podían informarme nada. Solo agarré un saco porque estaba fresco y me subieron al coche policial”. Pasaron tres días hasta que su esposo y sus dos hijos pequeños volvieron a verla.

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Ya se había desatado la guerra en Malvinas y Argentina estaba bajo el régimen militar, por lo cual los cuidados debían ser extremos: pocas preguntas y pocas respuestas. Lidia entendió que desde ese momento estaba a disposición de las fuerzas. El viaje duró apenas unos minutos y el auto se detuvo en el ex Hotel de Turismo, donde funcionaba la sede judicial. «Entramos por una parte de atrás, todo muy «secretivo».»

Lidia junto a alumnas del «laboratorio de idiomas»

En el subsuelo de la sede judicial, sentados, en silencio y muertos de miedo, tres periodistas de la CBC (Canadian Broadcasting Corporation) -que no hablaban castellano- esperaban directivas.  David Robert,  Tony Hellman  y Ricardo Rivarola  habían sido detenidos mientras filmaban el aeropuerto desde una camioneta alquilada. “Ellos estaban documentando las entradas y salidas de aviones en un cerrito del barrio Güemes, era una  zona vedada y los consideraron sospechosos. Los acusaron de espionaje”, explica Lidia.

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Los periodistas tenían sus credenciales en orden; aun así, los llevaron para averiguar antecedentes. “Tony Hellman, el productor del grupo, estaba aterrorizado. Me dijo: ‘Estuve bajo fuego en Beirut y Turquía, pero nunca sentí tanto miedo como aquí’. Pensaba que lo meterían en una cárcel como las del Medio Oriente.”

Periodistas de la CBC capturados en zona vedada

TRES DÍAS DE INCERTIDUMBRE 

Lidia pasó dos noches y tres días junto a los periodistas en un pequeño cuarto del subsuelo del hotel, sin posibilidad de comunicarse con su familia. “Dormimos en el piso sobre nuestros abrigos. Nos dieron unos sándwiches, pero todo era muy precario”, relata.

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Su rol como traductora fue clave durante las audiencias judiciales, donde debía interpretar las preguntas del juez y las respuestas de los detenidos. “Empezaron a ser preguntas sobre su filiación, qué rol tenía cada uno en este viaje a Argentina, por qué habían estado ahí y si sabían que ese lugar, en teoría, estaba prohibido. Se sentía que mi obligación era calmarlos, que dijeran la verdad así se aclaraba la situación, que pensaran con quién tenían que contactarse para certificar credenciales. Yo les decía que pensaran en frío.”

¡ABSUELTOS!

El juicio avanzó rápidamente. El 19 de abril de 1982, el Juez Federal Dr. Alberto Sáenz Almagro dispuso la “inmediata libertad” de los detenidos, pero se les prohibió salir de la ciudad por un mes. “No se les quitó la cara de susto hasta que escucharon las palabras ‘you are acquitted’ (están absueltos). Fue un momento increíble.”

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Los periodistas canadienses fueron absueltos de la causa de espionaje

Aunque fueron absueltos, los periodistas no pudieron abandonar Comodoro Rivadavia inmediatamente; “pararon en una pensión pequeña que estaba ubicada en la calle Sarmiento. Allí nos reunimos algunas veces”. Incluso, Lidia los llevó a conocer puntos turísticos de la ciudad y de Rada Tilly, aunque en ningún momento, luego de la experiencia vivida, se animaron a tomar fotografías de los lugares visitados.

Al finalizar su labor como traductora, Lidia fue interrogada sobre sus honorarios. Su respuesta fue contundente: “Yo por mi patria no voy a cobrar honorarios; esto es por la patria, esto es por nosotros.” Para ella, su participación no era más que un deber cívico en un contexto extraordinario.

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Lidia junto a su familia, Walter y Cristian -hijos- y Richi, su esposo

El mismo auto policial que la había buscado en su domicilio la llevó de regreso junto a su familia, cerrando un capítulo tan inesperado como surrealista. Aquellos tres días de incertidumbre quedaron, para Lidia Gardella, como una anécdota que se conoce 43 años después. Una historia que refleja cómo la guerra tocó incluso a quienes nunca imaginaron estar cerca de ella.