Las lecturas de verano se suponen como si en el resto del año no hiciera falta llevar un libro encima (tal como Fabián Casas decía que se llevaba una petaca en el bolsillo de un gabán) o apilarlos en la mesa de luz, solo por pensar en quienes no tienen que leer como un imperativo de trabajo. Se las idealiza con el ruido del mar como soundtrack (aunque el hiperactivo veraneante argentino necesite de auriculares o, peor, parlantes que lo tapen), bajo un árbol o en el tiempo muerto de los viajes. Se publican entonces recomendaciones de lectura para leer como si fueran el outfit para la playa, montaña o, al menos, una pileta inflable. Se pierden de vista, en esa estrategia del ocio, el destino de los lectores subterráneos. Aquellos que quedamos flotando en el asfalto de enero comprando churros de acero (Moris, 1975) o, bajo el asfalto de enero, más bien, viajando en el subte como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera tal verano.
Atención: los lectores subterráneos están conspirando contra el control de la atención o la atención trastornada (Claire Bishop, 2022) de las infinitas distracciones del smartphone. Estos son tiempos de pensar que cada día somos más (Gieco, 1973) como lo documenta (oh paradoja) la cuenta de Instagram “Sublecturas”, que postea retratos de viajeros que en lugar de dejarse llevar por el algoritmo eligen ser anfibios por un rato. El feed de la cuenta abre con Beatriz Sarlo en el subte A leyendo El rey y el filósofo, de Daniel Guebel (2023), a la vanguardia de 2522 héroes anónimos (Metrópoli, 1986) de la lectura. Captados desde 2017, los posteos son un género en sí mismo. El retrato de lectores y lectoras que en el subte desafían a los internautas y el registro de los libros que leen. Dados los años que pasaron, abundan imágenes donde el barbijo define la época. Lecturas de la temporada ASPO, digamos.
La creciente ola (es verano: hola) de lectores subterráneos se comprueba día tras día. Escribo después de atravesar un viaje en la línea A desde Carabobo hasta Plaza de Mayo. Para llegar a la computadora desde donde escribo viajé hoy en compañía de un chico en shorts deportivos atento a La clase de griego, de la Nobel coreana Han Kang. En otra estación subió alguien que se sentó en una de las filas y de inmediato sacó Dune, de Frank Herbert, una edición vintage de cuidado diseño. Desconozco si ellos notaron que, parado contra un rincón, releía el prólogo escrito por Diana Bellesi para Poesía Completa de Juan Gelman editado en noviembre de 2025. Leo los prólogos como si fueran pequeños libros dentro de otros con derecho propio. Algunos son tan buenos, a veces mejor que el texto central, que debería hacerse una antología de prólogos o, acaso, un prólogo para un libro que no fue escrito nunca. El de Bellesi no compite con la obra monumental de Gelman (1949-1974, en este tomo) sino que es una lectura aparte, tan incandescente que obliga a la relectura.
En lo que va del verano, gracias a la biblioteca pública que se montó en la estación Plaza de Mayo, llevo leídos dos libros tomados de ese stand cerca de los molinetes que me comprometí a leer solo bajo tierra, en la arquitectura de los vagones, entre viajes. Literatura y otros cuentos (Martín Rejtman, 2005) y Doberman (Gustavo Ferreyra, 2010), elegidos un tanto al azar, aunque priorizando la ficción argentina contemporánea para evitar sufrir los males de la traducción. Devueltos en tiempo y forma, hoy tomé el volumen de Gelman para releer el prólogo de Diana. Dice que descubrirlo fue como cuando fue alcanzada por el rayo de Dylan y Hendrix y, como al pasar, nombra a Los Redondos (solo porque decide escribir “oktubre”). Eso me habla al oído porque no hace tanto describí el estilo del Indio Solari como Gelman-metal. Esa capacidad de meter el mundo en la poesía o en una letra de rock sin aspirar a lo “poético”. Lo gelmaniano acelerado por la otredad rockera ya agotada. Pero entonces no. “Me voy corriendo a ver qué escribe en la pared la tribu de mi calle”, es una línea deudora de aquello que Gelman extremó en Cólera buey (1963). Pienso en mis años punk de aerosol y qué hubiera escrito ahora. Me sale esto: “Maquiavelo not dead”.
