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sábado, marzo 28, 2026

Karina Sainz Borgo: Me escandaliza que Trump vaya normalizando la relación con Delcy Rodríguez

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MADRID.— Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) no es solo una exquisita periodista cultural, cuyo trabajo puede leerse en el diario español ABC, y una narradora que pule de modo obsesivo la prosa de sus ficciones. Es, además, una de las voces más nítidas y valientes que se han erigido contra el régimen chavista de Venezuela, lúcida analista del escenario político de su país natal y de aquel en el que vive desde hace más de dos décadas, España. Por esta labor mereció en 2023 el Premio de Periodismo David Gistaud.

La pregunta sobre la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, durante una incursión de las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y la etapa incierta que se abrió en Venezuela, resulta ineludible. “Desde el primer sobresalto ante todo lo ocurrido a inicios de enero, a mí me daba muy mal espino -dice Sainz Borgo a este diario-. La agenda geopolítica de Donald Trump se diversificó en el transcurso de los días de manera enloquecida. Claramente, lo que está ocurriendo con el régimen es una especie de blanqueamiento, un mecanismo de reabsorción, y lo veo con muchísima preocupación, sobre todo porque la mayoría de las fuerzas democráticas parecen excluidas por completo de la ecuación”.

En estos días, Sainz Borgo vuelve a las librerías con su cuarta novela, una saga familiar marcada por la violencia. “Hay libros que cuentan una historia y libros que levantan un territorio. Nazarena pertenece a esta segunda estirpe”, pronunciaba Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, en la presentación del libro. Nazarena es la historia de ocho hermanas que conviven bajo un mismo techo. La séptima de ellas, Nazarena, barre de modo compulsivo aquel hogar que respira un clima opresivo. La trama transita entre el matriarcado de La casa de Bernarda Alba y la opresión de Yerma, de Federico García Lorca; la saga familiar de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; y el deambular de ánimas de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Al mismo tiempo, su celebrada novela La hija de la española, traducida a 26 idiomas, un retrato de la tragedia venezolana, fue adaptada al cine con el título Aún es de noche en Caracas, con dirección de Mariana Rondón y Marité Ugás y la producción del actor Édgar Ramírez. Tras su estreno en los cines de América Latina y España, Netflix acaba de incorporarla a su plataforma y ya está disponible para los usuarios argentinos.

-Desde el comienzo de la intervención de los Estados Unidos en Venezuela planteaste tu desconfianza hacia esta medida. ¿Cómo analizás esta situación tras algunos meses?

-Desde el primer sobresalto ante todo lo ocurrido a inicios de enero, a mí me daba muy mal espino. La agenda geopolítica de Donald Trump se diversificó en el transcurso de los días de manera enloquecida. Claramente, lo que está ocurriendo con el régimen es una especie de blanqueamiento, un mecanismo de reabsorción, y lo veo con muchísima preocupación. Sobre todo porque la mayoría de las fuerzas democráticas parecen excluidas por completo de la ecuación. Edmundo González Urrutia es el presidente electo y no veo un llamado a elecciones; no veo en la ley de amnistía un instrumento transparente. Aún tienen que desmontar los mecanismos que permiten la tortura y no lo están haciendo. Yo no sé quién fiscaliza el régimen actual, porque sigue siendo un régimen.

-¿Quién es Delcy Rodríguez? ¿La considerás una dictadora?

-Sí, claramente. Tengo la sensación de que tanto Delcy Rodríguez como Jorge Rodríguez, su hermano, actúan como una unidad. Son las dos caras de lo mismo: una, del Poder Ejecutivo, y la otra, de los tentáculos legislativos. Tienen exactamente la misma falla de origen que tenían Nicolás Maduro y Diosdado Cabello; le son imputables los mismos delitos y las mismas acusaciones en su contra.


Veo muy mal este presente y este panorama no solo para Venezuela, sino también para la región


-¿Cuáles son los planes de Estados Unidos en Venezuela? ¿Buscan una transición o, por el contrario, permanecer en el territorio?

-Me sorprende y me escandaliza cómo Trump va normalizando esa relación con Delcy Rodríguez. La mayoría de las analistas ven en Marco Rubio una garantía que yo no veo. No creo que haya en los Estados Unidos una política exterior coherente; aquí lo que parece haber es una política económica, de hidrocarburos. No veo bajo ninguna circunstancia un gesto de apertura política. Y las excarcelaciones de presos políticos en circunstancias muy particulares y discrecionales no tienen ninguna buena pinta. Yo creo que Estados Unidos ha creado un problema donde ya existía otro. Nunca fui entusiasta con la intervención, mucho menos con una intervención militar de ese calibre, porque me resulta humillante. Pero lo que realmente me preocupa es que vaya a terminar por generar un sistema como el de un protectorado de un régimen blanqueado.

-Celebraste el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado y pudiste entrevistarla. ¿Cuál es el poder real con el que cuenta esta líder? ¿Cuán posible sería la transición de su mano?

-Creo que María Corina Machado y todo el movimiento que ella enarbola han sido objeto de una profunda inteligencia en su gestión. Ella siempre propuso una salida democrática de por medio y pensamos que el Premio Nobel podría abrirle el camino. Pero claramente lo que veo es que Trump la ha dejado fuera de la conversación sobre las reglas democráticas, de manera deliberada, en esa forma extraña que tiene él de maltratar a sus interlocutores políticos, como lo hizo con Volodimir Zelensky. La obliga a una parodia del Nobel, a una actuación poco seria, y creo que esta señora está tan acostumbrada y tan dispuesta a perder cosas que le da exactamente igual. No se la puede convertir en una mártir; no se le da ninguna garantía de que, si regresa a Venezuela, no vaya a ser asesinada. Veo muy mal este presente y este panorama no solo para Venezuela, sino también para la región.

-Cuba está sumergida en un momento crítico, desabastecida, sin energía. Pudiste hablar hace poco con Leonardo Padura y entrevistarlo para ABC.

-Me sorprendió inmensamente el desánimo que tenía, una sensación de pesimismo tremenda que además viene presentando en sus novelas, como en la última de ellas, Morir en la arena, donde plantea una isla y una sociedad absolutamente colapsadas emocional y civilmente. No creo que una Cuba colapsada en manos de Estados Unidos favorezca absolutamente nada que suponga el desarrollo de las leyes democráticas ni la prosperidad económica para ninguna de las dos naciones. Me decía Junior García, uno de los disidentes políticos más directos, que en Cuba había crecido una sensación de la necesidad de anexionismo que lleva a cabo los Estados Unidos, de que Cuba sea el Estado número 51. Si eso ocurriera, por donde lo miremos, sería el mayor fracaso político y el mayor fracaso histórico, no de la revolución, sino de nuestro propio proyecto como región. Y Trump sigue empecinado, ahora también, con la guerra contra Irán.


No sé si Trump actúa por estupidez o por codicia. Es decir, si piensa como un promotor inmobiliario o si todo lo resuelve como si fuera un negocio


-Se abren focos de conflicto y ninguno se extingue. ¿Considerás que los Estados Unidos ha diseñado alguna estrategia geopolítica concreta o actúa por instinto?

-Tengo una preocupación real: no sé si Trump actúa por estupidez o por codicia. Es decir, si piensa como un promotor inmobiliario o si todo lo resuelve como si fuera un negocio, porque no para de abrir focos de problemas territoriales y geopolíticos, después de haber resentido fuertemente la alianza atlántica y haber vapuleado la relación con Europa.

-Mencionás Europa, donde vivís desde hace dos décadas: algunos sectores han utilizado a Venezuela como bandera ideológica para condenar la acción de los Estados Unidos, a través de la defensa de valores que el régimen no ha garantizado ni respetado.

-Se ha generado una confusión en la conversación internacional, en especial en la izquierda europea. Comprendo que tiene unas banderas muy definidas respecto al orden internacional, en particular con Irán y Venezuela, y también advierto una especie de superioridad moral. Es un clima que conduce a una especie de sensación de simplificación de las cosas. Por ejemplo, hace muchísimo tiempo que no sentía xenofobia y ahora la siento de forma evidente. Se trata de una sensación light de xenofobia. Una determinada izquierda española, por ejemplo, enrostrando o culpabilizando a una determinada diáspora con poder adquisitivo, está ejerciendo una xenofobia de baja intensidad, pero se percibe con fuerza.

-También lo percibo hacia la inmigración argentina en España: una especie de superioridad moral e incluso intelectual de ciertos sectores hacia los argentinos, con críticas abiertas y despectivas, pronunciada sin ningún prurito.

-Es que la conversación pública se ha ido a los extremos. La demarcación identitaria y territorial de los nacionalismos políticos y de los discursos ideológicos extremos ha convertido este momento en Iberoamérica en un desastre. Vivimos un momento bien crítico. No recuerdo a los españoles tan polarizados como ahora; ha habido un proceso de radicalización muy profundo.

-Hay una figura central del régimen venezolano en su búsqueda de legitimación en el exterior, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Cuál ha sido y cuál es su rol? Actualmente está siendo investigado por la justicia española.

-Zapatero tiene, al menos, que aclarar ante la Justicia su participación e intervención en procesos de negociación claramente viciados. Su labor como lobista de la paz tenía una contraprestación económica evidente. La intervención de Zapatero ha sido nociva no solo en Venezuela, sino también en el proceso de interlocución de la región con el resto de las democracias. También es cierto que una contraprestación ante la ley tampoco arreglaría los grandísimos estragos que ha causado, pero, por lo menos, crearía una compensación moral. El Grupo de Puebla fue terriblemente negativo para los intentos de las fuerzas democráticas venezolanas de seguir algunos caminos de negociación o de la vía electoral. Él estuvo de veedor o de garante en unas elecciones en las que prácticamente se desconocieron los resultados.

-¿A qué género pertenece esta nueva novela? Hay cierta ambigüedad con la que, como autora, nos conducís a través de la trama. Pienso en Otra vuelta de tuerca, que oscila entre dos interpretaciones posibles: la locura de la narradora o la inmersión en lo fantástico. Podemos interpretar a Nazarena a través del realismo mágico, pero también desde la perspectiva de una narradora poco fiable.

-Me apetecía trabajar la historia de una familia contada por alguien que no está del todo en sus cabales, esa idea de El sonido y la furia de William Faulkner a través del personaje de Benji. Nazarena es una criatura completamente sola, deprimida, mal atendida, mal diagnosticada, un elemento de mi propia familia que distorsioné.

-Los universos femeninos pueblan tu escritura, mundos habitados por mujeres en mayor medida. ¿Qué te permite explorar eso?

-Todo, sobre todo en un momento en el que lo político femenino tiene tanta fuerza. Antes, las mujeres tenían dentro de casa un poder que no estaba representado fuera, ni siquiera en la literatura. Tuvimos escritoras como Clarice Lispector que eran impresionantes, pero su propia cosmogonía no podía imponerse en un mundo político y culturalmente diseñado desde el punto de vista masculino. No es solo una reivindicación de género; es una reivindicación política en su sentido más claro. Me puse a estudiar las sagas familiares de manera concienzuda y empecé a darme cuenta de que, en todas las sagas familiares, los personajes femeninos son los que tienen el testigo, como en El gatopardo, a través de la hija del príncipe de Salinas, o en Los Buddenbrook, de Thomas Mann. En la novela se alude a relatos legendarios, yo diría caribeños, más que latinoamericanos y, por supuesto, está García Márquez con su elemento de fin de estirpe. Estoy convencidísima de que García Márquez es un producto de Faulkner y de que fue uno de los pocos que consiguió leer a Faulkner sin que se lo comiera vivo ni le estropeara el estilo.

-En estos mundos femeninos aparecen el poder, o mejor dicho, el abuso de poder, y la crueldad. La mujer no aparece retratada de modo edulcorado, sino que es feroz, violenta.

-Coincido con Mariana Enríquez, quien siempre contesta con contundencia a la idea de que lo femenino es incompatible con la violencia. El ejercicio del poder en una comunidad familiar de mujeres puede resultar mucho más violento que en otras comunidades. La verdadera cosa política se cuece en lo interno.

-¿Considerás Nazarena una novela política?

-Sí, pero quería proyectar un artefacto novelístico que fuera un poco más allá, que fuera más complicado, que no se quedara en la denuncia política ni en la paradoja moral, sino que hablara sobre cómo una sociedad insana se destruye a sí misma; por eso, estos personajes pelean por esta casa hasta destruirla.

-En ningún momento se menciona a Venezuela en la novela, que transcurre en la ficticia localidad de La Alaira, pero es, sin lugar a dudas, Venezuela o un país del Caribe. ¿Por qué no la nombrás?

-Sabía que si quería abrir el perfil de la novela, tendría que salir del Caribe. Evito mencionarla físicamente para que no me condicione, pero es una medida estéril, porque, en el fondo, se nota mucho: todo lo que está contado es la Venezuela de finales del siglo XIX y comienzos del XX. La raíz de mi familia proviene de italianos del norte que llegaron a Venezuela para construir el ferrocarril en manos alemanas. Ellos lograron florecer en América. Tenía la profunda necesidad de contarlo.

-A diferencia de tus novelas anteriores, en Nazarena no hay héroes ni heroínas.

-No, no hay ninguno. Es una novela visceral, bastante caníbal. Creo que en el fondo, en toda estructura familiar, nadie sale indemne. Aquí los personajes que son desafiados tienen un motivo para hacerlo. Esto es lo que creo que ocurre con las familias. Por eso pasa tanto tiempo y es tan difícil reparar un daño familiar, porque entre una generación y otra ya no hay tiempo para ponerse al día. Es lo mismo que les ocurre a los países. Después de 20 años, ¿qué sentido tiene ir a tocar la puerta de la generación anterior, cuando ya todo ha sido hecho y destruido? Nazarena es una metáfora de cómo una sociedad puede destruirse a sí misma.

UNA VOZ CLAVE DE LA DIÁSPORA VENEZOLANA

PERFIL: Karina Sainz Borgo

Karina Sainz Borgo nació en Caracas, Venezuela, en 1982. Es periodista y escritora. Desde 2006 reside en Madrid.

Forma parte de la llamada “literatura de la diáspora venezolana”, con libros traducidos a más de treinta idiomas. Nazarena (2026) es su novela más reciente.

Sus otros libros de ficción incluyen La hija de la española, El tercer país y La isla del doctor Schubert. Publicó además las crónicas Caracas hip hop y Crónicas barbitúricas.

Entre otras distinciones, obtuvo el Premio O. Henry (2021) y el Premio Jan Michalski (2023). También, el Premio de Periodismo David Gistau (2023).

Ha trabajado como periodista cultural en distintos medios españoles. Actualmente es columnista del diario ABC.

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