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domingo, marzo 22, 2026

La Memoria colectiva no es sólo recuerdo, es construcción constante para reafirmar nuestra lucha

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A cincuenta años de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar, la más sangrienta de nuestra historia, resulta imprescindible sostener la memoria colectiva como herramienta de verdad y justicia.

Recordar no es un acto pasivo: es reafirmar la condena a los crímenes cometidos por las fuerzas represivas del Estado y sus ideólogos, entre ellos el gran empresariado local y el imperialismo yanqui. Es también continuar la búsqueda de cientos de nietas y nietos que siguen siendo víctimas del robo de su identidad.

De todo lo vivido guardo imágenes que se transformaron en símbolos. Recuerdo la celebración popular en 1983 ante el retorno de un gobierno constitucional. Un momento marcado por la esperanza de que todo cambiaría para mejor. Recuerdo el Juicio a las Juntas de 1985, que veíamos desde mi casa en un televisor en blanco y negro.

Recuerdo el levantamiento carapintada de 1987, especialmente esa imagen de miles de trabajadores, estudiantes y militantes dispuestos a enfrentarse a las armas y los tanques de los golpistas que querían más impunidad. Y las indignas leyes de Obediencia Debida y Punto Final, impulsadas por el radical Raúl Alfonsín como parte del pacto de impunidad. Igual de indignantes que los indultos firmados por el peronista Carlos Menem.

Aquella etapa de resistencia dio a luz, entre otras cosas, a la agrupación HIJOS, desde la que pusimos en pie la “visita” popular a las casas de los genocidas como práctica de visibilización social. Si no había justicia, que hubiera escrache.

Otro recuerdo. Diciembre de 2001. Las Madres de nuestros 30 mil enfrentando a la caballería de la Policía Federal que quería correrlas de su Plaza de Mayo, intentando hacer cumplir el nefasto estado de sitio firmado por Fernando de la Rúa. Desde siempre ellas mostrando el camino de la resistencia.

Todos esos recuerdos (y tantos más) conviven con el único recuerdo que conservo de mi papá: la vez que nos llevó, a mi hermana y a mí, al Parque Camet a andar en los cisnes de madera del lago. Si no hubiese sido secuestrado aquella madrugada del 26 de mayo de 1977, mi memoria guardaría muchos más momentos compartidos.

Medio siglo después, el desafío es transmitir estas experiencias a las nuevas generaciones. Ellas deben comprender que la memoria no es solo recuerdo, que “Nunca Más” no es una consigna del pasado, sino una construcción constante. Más aún en un presente donde desde la cúspide del poder político se reivindica a la dictadura y se siguen defendiendo los intereses de los mismos actores que impulsaron aquel golpe.

Hoy como ayer, son el imperialismo yanqui y el gran empresariado quienes están detrás del sometimiento al FMI, la reforma laboral y el ajuste sistemático de nuestras condiciones de vida. Contra ellos debemos seguir luchando, organizándonos de forma independiente hasta derrotarlos.

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